2019-2022


Hoy es uno de esos días propicios a la escritura mental de un artículo que nunca se materializa.

Lo fue cada aniversario sin fumar y cada año acumulado en este bendito país, posponiendo indefinidamente la publicación de una lista de recursos para aprender alemán, visto el poco provecho que parezco haberles sacado tras seis años de residencia, mil horas de formación y tres semestres de estudios superiores, pues el supuesto B2, llave de todas las puertas, aún no parecen entenderlo teleoperadores, carniceros, compañeros de trabajo ni docentes.

Portada libro Al menos tienes trabajo, de Naiara PuertasRecogí discretamente mi título de Graduada en Lengua y Literatura españolas (filología e hispanismo fueron sacrificadas por Tanos en el universo Bolonia) con ese regusto quemado de lo que llega, no ya "al fin" sino "a buenas horas".

Desistí de buscar empleo en el mundo de las Humanidades, mi particular y personalísima contribución a la lucha feminista, empoderándome por la vía de cobrar un sueldo del sector tecnológico, más agradecido que competir en la escritura, la academia o la enseñanza por las migajas de un mercado feminizado aguantando señoros que piensan que tu trabajo lo puede hacer un mono o "no tiene utilidad real" mientras compra NFTs, sigue a gurús de las Criptomonedas y comenta en su podcast la enésima serie imprescindible de Netflix que, efectivamente, podría haber escrito un mono.

Sí, he vuelto a estudiar, porque no tengo remedio y porque en esta bendita ciudad están mejor remuneradas las prácticas de la becaria pureta a la que nadie entiende que en España la jornada completa del trabajador medio. No diré que la Gran Muralla generacional, lingüística y cultural que enfrento diariamente sea un sueño hecho realidad, pero en tanto no se haga caso a Betrand Russell, recuerdo muy bien la alternativa.

Portada libro La trampa de la diversidad, de Daniel BernabéCumplí recientemente los cuarenta y me uno así al selecto club del millennial mayor con su hipocondría, su quedarse frito en el sofá y su indignación ante actos arbitrarios de guerrilla cultural corporativa como la supresión y renumerado de capítulos à la Orwell por un cosplay de los Reinos Olvidados (no eliminarán Sra Doubtfire, ni prohibirán a los carnavaleros con peluca y el sujetador de la abuela gritando en falsete que venden melones), ni qué decir de la defensa a muerte de un género musical que la industria impone a todas horas, todos los días, por todos los medios y amplificadores Bluetooth del mundo desde hace dos décadas frente al supuesto clasismo de quien no le alaba el gusto, pecado similar a no ver Gran Hermano en los primeros dosmiles.

Dudo que la autora de 'Al menos tienes trabajo' celebre verse relacionada con 'La trampa de la diversidad', cuyo autor no sé si era consciente de estar declarando la guerra al activismo de telenovela que lo señalaría como traidor, papel que por otra parte asumió encantadísimo del espectáculo. Ambas obras comparten cierto aire de época y unos cuantos lectores, con visiones diferentes sobre la posición que debe ocupar el trabajo, las prioridades vitales y la luz de gas que sufrimos en el contexto de la precariedad. Su trayectoria profesional posterior es bastante representativa de la perspectiva que adoptan: Uno abrazó la solución personal, convertido en relevo generacional, el sueño de todo lector noventero de columnas de El País con aspiraciones prescriptoras; la otra optó por no jugar, consciente de que, más allá de identificar a unas "industrias del desempleo" que se expanden hasta ocupar todos los aspectos de nuestra vida y un sistema consumista que alimenta la sumisión a las mismas, no hay muchas soluciones a la conclusión tácita de que el país está a reventar de cabrones dispuestos a explotar a su madre y la solución intuida probablemente no la publicaría ni El Salto.

Me congratula ser más longeva de lo que nunca fue mi padre, pero no termino de asimilar que tengo más tiempo a mis espaldas que por venir y temo que llegará antes la abolición de la jubilación que la del trabajo. Leo con cierta incredulidad a treintañeras preocupadas por no saber hacer bien la adultez y tengo a menudo la impresión de que lo que no está bien hecho es su nómina. Cuando la vida te trae hipoteca, niña, coche y agencias de recobro de morosos antes de los 25, llegar sin deudas (ni casa) a los cuarenta es tener el privilegio de volver a empezar sin preocuparte demasiado de lo que ya es inmutable. Este renacer me ha traído sabiduría y concluyo, una vez pasado el entusiasmo inicial, que de los veinte me envidio el cutis y la energía, pero, sinceramente, estoy hasta los mismísimos cojones de pasar días libres y noches sin dormir preparando exámenes de asignaturas, me interesen o no, de trabajos de 4000 palabras, de informes de prácticas y evaluaciones semestrales desde cuatro instancias distintas, de la nula capacidad de decisión en el trabajo y, en definitiva, de todo lo que implica ser tratado como un aprendiz. Porque ni "basado" es un adjetivo, ni "adulto" un verbo, y quizás esa incomodidad ante los años no es sólo producto de las responsabilidades que, según la última tendencia, nos tienen quemados, sino justo lo contrario, la infantilización continua y la ausencia de control sobre las decisiones más básicas de la propia vida, de qué, dónde y con quién vivir, a lo que se suma una fiscalización social de las costumbres que ríete tú de las expectativas paternas, vecinos y compañeros de clase, teniendo a millones de Firstname Bunchofnumbers dispuestos a exigirte explicaciones por no cumplir sus criterios de calidad humana en esa captura de pantalla que les ha llegado reenviada muchas veces.

Borré hace años mi cuenta de Twitter para no discutir inútilmente con toda esa gente cuya única ley es la del embudo y proteger mi salud mental de los defensores del autocuidado retuiteando horrores 24/7 e insultando a desconocidos. Desgraciadamente insisto contra todo buen juicio en seguir leyendo medios alternativos y procrastinando por el timeline público de unos cuantos, azuzada por el pánico a convertirme en una emigrante desconectada de su país de origen o una señora mayor que no se entera de nada. Quizás este sea el año en que me rinda finalmente a la evidencia de que la ignorancia es la felicidad y deje por fin de gritarle a una nube.