Cambio de clase


Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia

Quién lo iba decir, más de tres años ya desde mi última neura en este lugar dejado de la mano del diosito menor 2.0, cual matojo rodante por el desierto de Sonora. Me fui de Twitter, me fui del blog y la escritura, me fui de mi país, me estoy terminando de ir de la UNED y, por dejar, dejé hasta el tabaco, lo cual sospecho me ha descolocado ligeramente la azotea; porque si uno de los cuatro rasgos distintivos de tu avatar es un pitillo, no solo has salido de una adicción que te mataba en cómodos plazos, también te has arrancado un trozo de tu identidad.

Amortizas la sobredosis de oxígeno con deporte para descubrir que ya no tienes veinte años y los diez con el culo pegado al sofá te han dejado la espalda torcida y quince kilos de más. Te pasas a la gimnasia de mantenimiento, el Chi Kung, el Yoga. Haces el saludo al sol y el movimiento del fuego que ni Goku soltando kamekamehas. Te compras una esterilla de las buenas. Instalas Myfitnesspal en el móvil y venga a contar: calorías, carbohidratos, raciones de fruta y verdura, lo que sea; cambias azúcar por infusiones y espaguetis integrales, aunque tú te comerías un Obélix glaseado. Pasas de no hacer nada a hacerlo todo, y la cosa te sienta incluso bien, aunque aquello es de un sacrificado que no te da la vida; sigues por tu salud y porque, efectivamente, eres una señora con mucho tiempo libre en pleno proceso de ensimismamiento.

La migración me trata bien en lo económico. Evoco la amargura de vivir a un imprevisto del abismo, los remordimientos por un gasto banal, la incomprensión del mejor situado, la lucha permanente contra el desánimo mientras malgastas tu juventud intentando salir de la precariedad... y es como si todo aquello le hubiera sucedido a otra persona, en otra vida. Ya no me preocupa si llegaré a fin de mes, sino cuánto podré ahorrar, pero mi cabeza sigue en estado de emergencia y los valora al mismo nivel. Como con el tabaco, estoy atrapada en un esquema mental que ya no vale y vivo mi nueva realidad material entre la incredulidad y el duelo, porque de la pobreza se sale con culpa de superviviente y pánico a volver.

Estudio la oferta de máster en otras universidades a distancia, todas privadas y muy caras, pero que con la beca de matrícula del Ministerio resultarían pagables [1]. Veo que supero el tope de renta máximo en una cantidad obscena y me inunda la vergüenza de haberlo pensado. Estreno tele nueva, más grande, que compré sin esperar a que se rompiera la pequeña; en las noticias piden donaciones para las víctimas de un desastre que hace un lustro habría despachado con que la caridad es un parche, las ONG buitres de la miseria ajena y yo no tenía ni para pipas. En la web de donaciones me preguntan si prefiero salvar niños haitianos o mozambiqueños. Pido un recibo para desgravar mi heroicidad ante Hacienda.

Siempre creí que el aburguesamiento no era más que acostumbrarse a vivir entre comodidades, hasta el punto de percibirlas como necesidades básicas, los famosos "problemas del primera mundo" [2]. No es que haya olvidado de dónde vengo, simplemente sé que ya no vivo ahí, sé que otros llegarán, sé que muchos no saldrán nunca y sé que poco puedo hacer por unos u otros, porque la realidad es que salir yo sólo me ha salvado a mí. Contemplo en directo mi propio proceso mental de desclasamiento, entre tantas identidades colectivas que se han ido cayendo: el paro y la ausencia de profesión definida me excluyeron de los trabajadores, la migración me despojó de la ciudadanía, la todopoderosa maternidad va legando su gobierno; la red es la fosa que acumula corporaciones psicópatas y masas enfurecidas de las que me niego a participar... al final sólo vas quedando tú, huyendo hacia el interior, a la actividad intelectual, los allegados, el cuidado personal y, en general, ese espacio seguro y blandito que te has creado, ajeno a lo que pasa fuera de esta área de pertenencia cada vez más reducida.

Releo el blog y me pregunto quién será esta chica que, entre cursi y cabreada, tanto se expone y obsesiona con los mismos temas y, en el colmo del egocentrismo, me admiro de su prosa rotunda e intento imitar un estilo que me va como los pantalones del ayer.


[1]Sí, se puede pedir beca para una universidad privada por la cantidad establecida en precios públicos; pero dados los límites de renta está claro que para pagar el resto de la matrícula necesitas una fuente de ingresos no computable: ahorro, crédito, familia...
[2]El último grito en Múnich es no encontrar Putzfrau, aka limpiadora. Selbsvertständlich que hable alemán y te haga toda la casa en tres horas por cuatro perras.