El bar de la esquina

Existe en ese universo paralelo denominado televisión un socorrido punto de encuentro donde brujas, abogados, amigos ociosos y camareras objeto de deseo conviven armoniosamente con artistas invitados, tramas autoconclusas y carne de psiquiatra. Fenómeno aquí conocido como El Bar De La Esquina: transición entre el desayuno y el trabajo, refugio o prolongación de la jornada laboral donde, con un inusitado interés por las noticias, leemos el periódico –molestos si algún madrugador desconocido nos lo arrebata– el camarero sirve lo de siempre y pagamos lo justo sin mediar palabra o, directamente, –¡apúntamelo Jose!– nos vamos sin pagar.

Inspirada por cierta simpatía familiar, campaba a diario por aquella tierra de nadie, reconociéndose en el humo, el bullicio discordante y la luz artificial de un neón descolgado. La confortaba incluso el cincuentón inquieto, extraviado en un vaso de ron que parecía constituir su único mundo. Con botas de trabajo y pantalones moteados de cemento, cuando el tipo murmuraba, en ese idioma reservado a oficiales de segunda, la colilla sin filtro de un Mecánicos temblaba, adherida al labio inferior como un tentáculo.

No le gustaba, ni él ni muchos otros como él: Pepes y Pacos, cortados todos a molde; borracho, semianalfabeto, probablemente tratara a su mujer como basura. O quizá la bendita señora había visto la luz una mañana, arramblando con los niños y la cubertería como quien no quiere la cosa, y ahora el currito ponía bloques a destajo para pagar la pensión… Fuera como fuese, no tenía motivo alguno para apiadarse del fulano pero, allí estaba, privilegiada posesora de empleo, inexplicablemente triste y jodida, como una infectada que observara la fase terminal de su enfermedad.